También copio un apunte basado en una nota que publicó el diario Página 12 durante el año 2012. Pueden copiar y pegar o descargarla en formato Word, tamaño A4, haciendo click en el título de la nota.
Entre 1975 y 1976 Armando Ruperto
“Yiyi” Torres, Dardo César “Moniche” Torres y Edgardo Buenaventura “El Chato”
Torres integraban la comisión interna de la química Mebomar SA en Esteban
Echeverría. Fueron secuestrados en diciembre del ’76.
Armando Ruperto “Yiyi” Torres, Dardo
César “Moniche” Torres y Edgardo Buenaventura “El Chato” Torres eran hermanos.
Formaron parte de la comisión interna de la química Mebomar SA –en el barrio El
Jagüel de la localidad de Esteban Echeverría– entre 1975 y 1976. Desde allí
consiguieron, junto a Oscar Augusto Sarraille Lezcano y Raúl Eduardo Manrique
Vitale, también integrantes de la comisión, que la empresa implementara la
jornada de seis horas que corresponde a los trabajos insalubres. La conquista
duró menos de un año. La noche del 7 de diciembre los hermanos fueron
secuestrados al igual que Manrique. Permanecieron desaparecidos durante 35 años
hasta que, en la primera semana de diciembre pasado, la Justicia dio a conocer la
resolución por medio de la cual la
Cámara de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal
porteña declaró que tres esqueletos exhumados del cementerio de Lomas de Zamora
entre 1983 y 1985 se corresponden con el ADN de los hermanos. Los jueces
dispusieron también que se tomen testimonios para remitirlos al Juzgado N° 3
del fuero y se los incluya en la causa que investiga los crímenes de lesa
humanidad perpetrados por el Primer Cuerpo del Ejército.
“Tenía miedo de ir a trabajar. A
fines de noviembre empezaron a haber camiones militares adentro de la planta.
Nosotros hacíamos el producto y ellos iban a mirar. Estaban en la empresa
durante tres o cuatro horas a la mañana. Eran cuatro soldados y una especie de
jefe.” Con esas palabras, Juan Grippo, quien trabajó en Mebomar hasta el año
’90, describió el clima que se vivía en la planta durante el primer año de la
dictadura. El entró a Mebomar a principios de 1974, al igual que Armando, el
menor de los hermanos, que tenía 23 años la noche en la que lo secuestraron. Armando
trabajó en el área de carga y descarga de camiones durante unos cuatro meses,
hasta que lo efectivizaron y pasó a depósito y luego a provisión.
Las condiciones de trabajo en la
planta eran precarias cuando los Torres empezaron. “Te daban botines viejos,
usados, e incluso pasaba que te daban solamente un casco. Trabajabas con
azufre, cromo, todas sustancias que te enfermás si las respirás ocho horas por
día, todos los días”, recuerda Juan Grippo. Su hermano Ricardo, quien también
trabajó en la empresa entre 1971 y junio de 1976, considera como insalubres las
condiciones de trabajo en la química. “Trabajábamos con diclomato, y el
diclomato vuela. Cuando te caía el polvillo, volaba tanto que te pasaba a los
borcegos. Y si te entraba en contacto con la piel, de a poquito te iba comiendo
la carne y te llevaba hasta el hueso. Había gente con el tabique nasal roto.”
En un testimonio recopilado por la oficina de derechos humanos de Esteban
Echeverría, Miguel Ruiz Díaz, quien trabajó en la fábrica hasta 1976 y era
cuñado de los Torres, recordó la muerte de un empleado a principios de 1975.
“Murió un compañero que era de montaje. Estaba soldando un cono con treinta mil
litros de sulfuro, vino un supervisor, prendió los motores, movió las paletas y
el muchacho cayó en el líquido”, recordó.
A partir de ese momento se conformó
una nueva junta interna, integrada por los Torres, Manrique y Sarraille. La
nueva comisión, que fue elegida democráticamente por los trabajadores de la
química, logró normas de seguridad e higiene más exigentes y la reducción de la
jornada laboral de ocho a seis horas, por considerar a esa actividad química
como trabajo insalubre. “Estábamos a favor de ellos porque se plantaban y
conseguían cosas. Cascos, ropa en mejor estado, más seguridad y, aparte, las
seis horas”, comentó Juan Grippo para explicar el apoyo a la nueva comisión.
Durante los primeros meses de 1976 el
clima empezó a enrarecerse. “Cuando se hacían reuniones por temas gremiales
afuera de la fábrica, la patronal ponía obreros que trabajaban para ellos y que
iban a la reunión porque se invitaba a todos pero siempre había alguno que iba
a escuchar y llevar el comentario a la fábrica”, explicó Ruiz Díaz. En un
sentido similar, Ricardo Grippo sostiene la hipótesis de que comenzaron a aparecer
infiltrados dentro de la empresa: “De golpe aparecía uno que no se sabía bien
qué hacía, y uno se da cuenta de la diferencia entre el que es obrero-obrero y
el que va a hacer de obrero”, explicó. En ese período, la empresa decidió
llevar adelante una supuesta actualización de legajos, para la cual
fotografiaron a los empleados. “Un día –comentó Ruiz Díaz– uno de los
compañeros nos avisa que habían puesto una sábana blanca y mandaban a uno por
uno a sacarse fotos. Entonces fuimos a hablar con el gerente y nos dijo que era
una foto de los obreros que les pedía el seguro. Al poco tiempo llegamos a
entender que se las pedían para identificar a cada persona. Fue antes del
golpe.” En ese contexto Ruiz Díaz se alejó de la empresa: “Un día me agarra el
gerente, que era Martínez, y me dice: ‘Mirá, Miguel, la cosa viene así, vos
fijate bien lo que hacés. Yo llamo a tal número y vos esa noche desaparecés.
Vos y aquellos que me andan molestando’”.
En octubre de 1976 la situación
recrudeció con el secuestro de Sarraille, el 20 de octubre. A partir de ese
momento, Edgardo tuvo que renunciar y se mudó junto a su esposa a Pontevedra.
El 7 de diciembre a las once y media de la noche, las fuerzas del orden
irrumpieron en la casa de Dardo y lo secuestraron. Su mujer, María Cristina
Fallesen, tenía un bebé de tres meses. Según declaró la hermana de los Torres,
Norma, los oficiales le dieron la alianza de Dardo y le dijeron que se la
guardara de recuerdo. Luego, se dirigieron a los domicilios de Armando y
Edgardo, a quien secuestraron junto a su mujer, Leticia Godoy, quien permaneció
en un centro clandestino de detención durante una semana. Desde la oficina de
derechos humanos suponen que se trató de la brigada de Lanús o el Regimiento 3
de Infantería de La
Tablada. Allí trasladaron a Manrique y a Raúl Santillán,
quien también trabajaba en la química y se encontraba en casa de Manrique
porque era su cuñado.
Al igual que en el caso de los 15
trabajadores desaparecidos de la planta de Mercedes Benz en 1977 en González
Catán, y los cuatro trabajadores de la planta de Dálmine en Campana
secuestrados en septiembre de 1976, la primera respuesta de la empresa ante los
secuestros fue enviar telegramas de despido a las familias de los Torres y de
Manrique. Miriam Esther López, la esposa de Armando, explicó –en testimonios
brindados a la oficina de derechos humanos– que al día siguiente del operativo
se dirigió a la empresa junto su cuñada, Norma Torres, a explicar que su marido
no estaba yendo a trabajar porque había sido secuestrado, le llegó el telegrama
de despido. A Santillán, en cambio, el telegrama le llegó un día antes de haber
sido secuestrado “¡Qué casualidad!”, reflexionó.
Los Torres y Manrique habrían pasado
sus últimos días en el centro clandestino de detención El Vesubio. El 23 de
diciembre los trasladaron hasta el cruce entre las calles Alberti y Burton, en
Banfield, y los balearon en un enfrentamiento fraguado que tuvo nueve víctimas
fatales. Sus cuerpos fueron enterrados en una fosa común en el cementerio de
Lomas de Zamora, de donde fueron exhumados entre 1983 y 1985. El Equipo de
Antropología Forense los identificó en noviembre y sus familiares los
enterraron en el cementerio de Monte Grande después de buscarlos durante 35
años.
Informe: Sol Prieto.
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